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La lección de Steven Knight: “Locke”, el destino a 160 kph

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Armando Coll

Steven Knight, guionista de David Cronenberg en Promesas del Este (Eastern Promises) y de Stephen Frears en Negocios ocultos (Dirty Little Things), decanta su innegable londonian taste en una pieza en la que no solo demuestra su meditado oficio de escritor, sino además se prueba como director de méritos autorales: Locke (2013).

Sabio pergeñador de filmes, Knight confina el argumento a una locación que, no obstante, puede ser muchas: se trata de la combinación del automóvil a toda carrera por una autopista y el teléfono móvil. Sin soltar el volante, Ivan Locke, encarnado por Tom Hardy, se comunica con el mundo, el que deja atrás y el que lo aguarda kilómetros más adelante.

Es así como en la cabina de un carro que se desplaza por el canal rápido de una vía interurbana en plena noche, es convocado todo el universo de Locke, su vida toda –una esposa y dos hijos, su cargo de ingeniero de una colosal construcción–, del que se va desprendiendo, no sin pesar, sin previsibles consecuencias, tras tomar una decisión. Se trata de un fatal punto de no retorno de la existencia, hasta entonces, acomodada y feliz, del personaje que se sujeta al volante como para no flaquear en la carrera emprendida a 160 kph sobre el asfalto de la M40, entre Londres y Birmingham.

A lo largo de 85 minutos en los que se suceden una veintena de escenas –si no una sola– se asiste a la aislamiento del cada vez más incomprendido Locke, encerrado en su BMW, en una audaz apuesta por la fórmula del one on-screen character.

Gracias a la tecnología blue tooth, Ivan Locke llama a casa para decepcionar a su hijo Sean: no llegará a tiempo a casa para el partido de fútbol que planeaban ver en familia, le informa, mientras el adolescente le insiste y anima por cuenta de los suculentos perros calientes que preparará mamá.

Locke, a continuación, llama a su jefe, un tal Gareth, y le da la mala nueva: no estará presente al día siguiente en la obra cuando debería supervisar el bombeo de 350 toneladas métricas de concreto, una proeza sin precedentes en la construcción civil, el mayor desafío de su carrera. Gareth entra en pánico. Será despedido, pero no por ello Locke abandonará la empresa, y llama entonces a su asistente Donal para dirigir la operación a distancia, vía telefónica. Donal, a su vez, también es presa del pánico, pero acepta seguir las instrucciones del ingeniero en fuga y para ello va en busca de una ansiolítica provisión de sidra, según se desprende de ulteriores comunicaciones.

El realizador Knihgt echa mano de uno de los mayores potenciales del cine, dejar a la imaginación del espectador todo lo que acontece fuera de pantalla; logra así atraparlo sin oportunidad al resuello, en un drama en el que el héroe habrá de vérselas con una cuenta pendiente con el pasado.

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