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El cine de autor venezolano (1950-1965)

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Pablo Gamba

Los años 1950-1965 fueron una época de esplendor del cine venezolano que se hizo fuera de Bolívar Films o después de que esa compañía dejó de realizar largometrajes de ficción. Salvo el caso de las dos películas de Margot Benacerraf, Reverón (1952) y Araya (1959), y Caín adolescente (1959) de Román Chalbaud, la producción de filmes nacionales de esos años ha quedado relegada al olvido por el Nuevo Cine Venezolano que surgió con el estreno de Cuando quiero llorar no lloro de Mauricio Walerstein, en 1973. Pero al período 1950-1965 corresponden tres de los cuatro premios que ha obtenido el cine nacional en el Festival de Cannes, dos de los cuales fueron para Araya, y el único Oso de Plata conseguido hasta ahora en el Festival de Berlín, del cortometraje Chimichimito (1961) de la dupla José Martín-Lorenzo Batallán.

Ambretta Marrosu lo llama el período del “cineasta autor”: …“el que plantea una temática a partir de una necesidad personal y para quien el cine es un objetivo existencial, la posibilidad de satisfacer una aspiración expresiva”. De esa manera establece una contraposición con el tipo de películas para exportación que se propuso realizar Bolívar Films, por un lado, y con los llamados por ella “cineastas integrales” de 1924-1940, que se caracterizaron por su ingenio y afán de dedicarse profesionalmente a la actividad, pero alejados “de la idea del cine como arte autónomo o, mucho menos, como el arte por excelencia de nuestro tiempo”.

Inspirados por el neorrealismo

El neorrealismo fue una de las fuentes de inspiración de los “cineastas autores” venezolanos de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, así como en general de los nuevos cines que surgieron en ese período en todo el mundo.

La escalinata de César Enríquez (1950) es el mejor ejemplo de ello. “Fue probablemente […] donde el neorrealismo surgió como alternativa de expresión y producción por primera vez en América Latina”, escribió Paulo Antonio Paranaguá. “Luis Buñuel realizaba entonces Los olvidados (México, 1950) con presupuestos ideológicos y dramáticos muy distintos y en un contexto productivo radicalmente diferente”, agregó el historiador brasileño.

La escalinata fue rodada en exteriores, principalmente en un barrio de Caracas, la Quebrada de Caraballo, con la participación de la gente que vivía allí. Se ocupaba, además, de un problema de esa y otras comunidades sumidas en la marginalidad: el desplazamiento de los obreros por la mecanización del trabajo y cómo eso puede llevar a algunos a optar por el delito como forma de vida.

Margot Benacerraf ha dicho que el neorrealismo, y en particular el filme de Lucchino Visconti La terra trema (1948), fue uno de los puntos de partida para la realización de Araya, la película de mayor trascendencia en la historia del cine venezolano. Compartió con Hiroshima, mon amour de Alain Resnais el Premio de la Crítica Internacional en el Festival de Canes de 1959 y también recibió allí el galardón de la Comisión Técnica Superior del Cine Francés. Benacerraf había estado antes en Cannes y en la Berlinale con el corto documental Reverón.

Aportes de una petrolera

Tanto La escalinata, como Reverón y Araya fueron en parte posibles debido a una institución que desempeñó un papel fundamental para el cine venezolano: la Unidad Fílmica de la Shell. John Grierson estuvo entre los que iniciaron el trabajo en el cine de la petrolera anglo-holandesa, que envió a Venezuela a uno de los documentalistas más importantes del cine holandés: Bert Haanstra.

La Shell hizo películas institucionales en el país, entre las que se destaca Llano adentro (1958), dirigida por el escritor, cineasta y pacifista italiano emigrado a Venezuela Elia Marcelli. Es un clásico del documental venezolano, con el que dialoga, además, otro de los más importantes: El domador (1978) de Joaquín Cortés. En 1962 Marcelli estrenó Séptimo paralelo, en el que a la temática llanera se añadió la preocupación por los indígenas yaruro. Participó también en la realización de La escalinata. Escribió el guión, aunque no los diálogos.

Además, la petrolera puso sus técnicos a disposición de los venezolanos que aspiraban a hacer cine de autor, e incluso sus equipos. Es el caso de Giuseppe Nisoli, que estuvo a cargo de la fotografía de Araya. Boris Doroslovacki, quien estableció un laboratorio con la ayuda de la Shell para procesar las películas de la compañía, fue el cinematógrafo de La escalinata y de Reverón.

De la Shell también surgió un realizador venezolano que se destacó en ese período. Se trata de Néstor Lovera, cuyo corto Reflejos (1965), con la actuación del cantante José Luis Rodríguez, estuvo en los festivales de Berlín y Locarno. Esa película también contó con cinematografía de Giuseppe Nisoli.

La parte del Oso

Entre los “cineastas autores” de 1950-1965 en Venezuela se destacan además José Martín y Lorenzo Batallán, así como Ángel Hurtado y Román Chalbaud, antes de convertirse en la principal figura del Nuevo Cine Venezolano.

Martín y Batallán trabajaron en Chimichimito con Abigaíl Rojas, quien sería el cinematógrafo de Cuando quiero llorar no lloro. Rodaron también Los zamuros (1962), un corto que se exhibió junto con el largometraje La paga (1962), realizado en Venezuela por el cineasta colombiano Ciro Durán.

En 1957 el pintor y cineasta Hurtado filmó en París La habitación de al lado (La chambre d’a cotê) y en Venezuela dirigió una versión de La metamorfosis de Franz Kafka para la Televisora Nacional, en 1967. Pero es más conocido como documentalista especializado en películas sobre las artes plásticas. En 1964 fue premiado en la Bienal de Venecia por un filme sobre J. M. Cruxent, y entre sus obras de ese tipo sobresale también Vibraciones (Vibrations, 1955), sobre Jesús Soto. Como jefe de la Unidad Audiovisual del Museo de las Américas de la OEA realizó numerosas películas sobre artistas de la región.

La ópera prima de Román Chalbaud es ampliamente conocida: Caín adolescente (1959), adaptación de la pieza de teatro homónima de 1955. Fue seleccionada para el Festival de San Sebastián.

Cuentos para mayores (1963) no ha tenido la misma fortuna, debido a los problemas que presentó la restauración llevada a cabo por la Cinemateca Nacional. Es una película escrita por Chalbaud y José Ignacio Cabrujas, fotografiada por Rojas, que reúne tres relatos independientes: “La historia del hombre bravo”, “Los ángeles del ritmo” y “La falsa oficina del supernumerario”.

La escalinata también fue restaurada, por iniciativa de la Cinemateca, al igual que Araya, en un trabajo realizado por Milestone Film & Video, con motivo de los 50 años de la película, que fue presentado en el Festival de Berlín, en 2009. Allí se le hizo un homenaje a ese filme venezolano.

Referencias:

Carmen Luisa Cisneros (1997). “Tiempos de avance: 1959-1972”. En: Tulio Hernández (ed.). Panorama histórico del cine en Venezuela. Caracas: Cinemateca Nacional, pp. 129-148.

Ofelia del Valle Filloy Mata (1995). Unidad Fílmica de la Shell en Venezuela (1952-1965). Caracas: Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, trabajo de grado.

Iván González Córdova (2010). César Enríquez. Caracas: Cinemateca Nacional, cuadernos Cineastas Venezolanos n° 10.

Luciana Grioni (2009). Margot Benacerraf. Caracas: Cinemateca Nacional, cuadernos Cineastas Venezolanos n° 9.

Ambretta Marrosu (1989). “Periodización para una historia del cine venezolano (una hipótesis)”. En: Anuario Ininco n° 1, pp. 5-45.

Aminor Méndez e Írida García (2006). Román Chalbaud. Caracas: Cinemateca Nacional, cuadernos Cineastas Venezolanos n° 6.

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