Inicio Artículos “Soy un delincuente” y el mito del “malandro”

“Soy un delincuente” y el mito del “malandro”

0 3640
image_pdfimage_print

Pablo Gamba

Soy un delincuente de Clemente de la Cerda es la película modelo del cine nacional sobre la delincuencia y la marginalidad, y está basada en una de las obras más importantes de la narrativa testimonial venezolana: la novela homónima de Ramón Antonio Brizuela, de 1974, escrita por Gustavo Santander.

El filme llegó a los cines el 30 de junio de 1976 y cumplirá cuatro décadas en 2016. Fue la segunda película más taquillera el año de su estreno, detrás de Tiburón (Jaws, 1975) de Steven Spielberg, según datos del Ministerio de Fomento, aunque se hizo contra ella una campaña por la manera como los “malandros” son representados en el filme.

“Se comentó que a la proyección de la película sólo iban drogómanos y delincuentes que se intoxicaban antes de entrar a las salas de cine e, incluso, que en éstas se realizaban redadas para controlarlos”, refiere Adlin de Jesús Prieto Rodríguez.

Tribuna para un rebelde

“Como yo digo cosas y tengo una tribuna… me siento bien con eso”. Son palabras del cineasta a Rodolfo Graziano en una entrevista hecha en 1984, y Soy un delincuente es una película en la que Clemente de la Cerda aprovechó la tribuna del cine para difundir un discurso con el que se identificaba: el de un “malandro” que denunciaba problemas que hasta cierto punto eran comunes a toda la población que vivía en la marginalidad, en la Venezuela súbitamente enriquecida por el boom petrolero.

El protagonista del libro tiene otra una característica que pudo resultarle atractiva al cineasta: Brizuela es un delincuente que expresa su admiración por Fidel Castro y el Che Guevara. Cabe preguntarse, sin embargo, si se trata realmente de la opinión de un “malandro”, o es un recurso del autor de la novela para propiciar la identificación con el personaje del público que simpatizaba con la izquierda. Ese es un problema que plantean libros testimoniales como Soy un delincuente, y también la película.

Sea como sea, en este diálogo el “malandro” expresa con claridad y contundencia una manera intuitiva de entender la situación de los marginados y de quiénes son sus enemigos. Eso lo distingue del Victorino Pérez marginal y delincuente de Cuando quiero llorar no lloro, el filme con el que comenzó el boom del Nuevo Cine Venezolano en 1973. El personaje de esa otra película no sólo no tiene discurso sino que prácticamente no habla. Y cuando un “malandro” como Ramón Antonio Brizuela pudo hablar en el cine, hubo un público que quiso escuchar ese discurso, sin cuestionar su autenticidad.

Una sociedad desarticulada

En Soy un delincuente hay una representación de la sociedad que pone de relieve los contrastes entre pobreza y riqueza. Una imagen reiterada es la que encuadra las casas precarias del barrio junto al Helicoide, una obra pública abandonada de arquitectura moderna en Caracas.

helicoide2

Al final de la película hay una representación más sutil de esos contrastes, en la que la situación de los ricos con respecto a los pobres tiene como correlato sonoro dos emisoras de radio. Puede verse en ello una metáfora: ambas partes de la sociedad se encuentran divididas, y sin poderse comunicar entre sí, como las bandas del espectro radioeléctrico. Eso es algo análogo, además, a la narración de las historias de tres personajes de sectores sociales diferentes, a través del montaje paralelo, en Cuando quiero llorar no lloro.

Una división similar se establece entre los diversos aspectos de la realidad nacional sobre los que informa Radio Tiempo. En esas noticias el crimen, la abundancia de importaciones y el boom petrolero no tienen relación entre sí, a pesar de las irónicas palabras finales del locutor, referidas a la música que anuncia: “Ahí van los dos ligaditos”.

Se trata, en síntesis, de la desarticulación que el cineasta atribuye a la sociedad venezolana, representándola como hecha de piezas que no se relacionan unas con otras. Es la interpretación de Orlando Araujo en un comentario sobre la novela homónima de Miguel Otero Silva en la que está basada Cuando quiero llorar no lloro. Ambas películas coinciden en esa forma de ver la sociedad.

La angustia del marginado

La violencia de Ramón Antonio Brizuela, y la que ejercen contra él la policía y los retenes de menores, puede ser interpretada como el punto en que los contrastes de esa sociedad desarticulada devienen choque entre las fuerzas del orden y el “malandro” rebelde. Pero tiene también otra dimensión.

La urgente necesidad del protagonista de evitar el sufrimiento que le espera a manos de los funcionarios del estado, así como su constante tensión vital y su búsqueda desenfrenada del placer sexual, de la bebida y la droga, dan cuenta de la angustia del marginado, de sus ansias desenfrenadas de vivir.

La contribución del actor Orlando Zarramera a la composición del personaje es particularmente relevante para darle a Soy un delincuente esa dimensión existencial, más allá de la técnica neorrealista del filme de recurrir a locaciones reales y actores naturales.

Rudimentario pero eficaz

Todos los méritos que pueden atribuirse a la película de Clemente de la Cerda, sin embargo, no eximen de la necesidad de señalar sus defectos. No son, además, aquellos por los que se excusa el realizador en el texto del comienzo del filme: los que se deben a trabajar con actores no profesionales y a la falta de elaboración “ex profeso”, para buscar la naturalidad. Es en el montaje principalmente donde no cristaliza Soy un delincuente, porque allí se hacen manifiestas las escenas que no fueron rodadas y los planos que sobran.

Por otro lado están los problemas de adaptación del libro, que no son los de llevar el testimonio del delincuente a la literatura. En un relato escrito el narrador puede exagerar o mentir, porque lo que cuenta es su versión de la historia de su vida. Eso es parte del pacto que se establece con el lector. Pero tratar de llevar eso al cine como si fueran hechos puede no ser verosímil. Un ejemplo es la manera como se representa la fuga en el fragmento citado del filme.

¿Por qué, entonces, Soy un delincuente sigue siendo una de las películas favoritas del cine venezolano? Es porque logró crear un mito a partir del “malandro” del libro de Santander.

El estilo rudimentario del filme, combinado con la actuación de Zarramera, pudo haber sido fundamental en ese sentido. A pesar de sus problemas Soy un delincuente logra crear, en un público dispuesto a convencerse, la impresión de que el personaje no es como las ficciones del cine o la televisión, sino que al escucharlo y verlo parece ser “como la vida misma”. Quizás por eso la gente creyó, y sigue creyendo, en el mito del “malandro” forjado en la película.

Referencias

Jesús María Aguirre (1980). “Tendencias actuales en el cine venezolano”. En: Comunicación n° 23, pp. 5-14.

Orlando Araujo (1988). Narrativa venezolana contemporánea. Caracas: Monte Ávila.

Ramón Antonio Brizuela (1979). Soy un delincuente. Caracas: Fuentes, 8° edición.

Luis Duno-Gottberg y Forrest Hylton (2008). “Huellas de lo real. Testimonio y cine de la delincuencia en Venezuela y Colombia”. En: Revista Iberoamericana vol. LXXIV, n° 223, abril-junio, pp. 531-557.

Estadísticas de la industria cinematográfica 1976-1977-1978. Caracas: Ministerio de Fomento, Dirección de la Industria Cinematográfica.

Rodolfo Graziano (s. f.). “Clemente de la Cerda: delincuencia y sociedad”. En: Ambretta Marrosu y otros. Clemente de la Cerda: textos, filmografía, ilustraciones. Caracas: Consejo Nacional de la Cultura.

Andrea López (directora) (2005). Los olvidados de clemente (película documental).

Adlin de Jesús Prieto Rodríguez (2005). “Soy un delincuente o la violencia como la ley otra”. En: Objeto Visual n° 11, junio, pp. 36-53.

Foto destacada: Clemente de la Cerda.

PUBLICACIONES SIMILARES

NO HAY COMENTARIOS

Dejar una respuesta