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Guy Maddin: éxtasis de la memoria

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Mebil A. Rosales

Un destartalado vagón lleno de pasajeros sonámbulos; el traqueteo constante, un silbato recurrente. A través de sus ventanas empañadas, los edificios de una ciudad: Winnipeg, capital de la provincia canadiense de Manitoba. Desde uno de los asientos del tren, fugándose a través de la noche, una versión ficticia del realizador Guy Maddin (interpretado por Darcy Fehr) reconstruye con misticismo, a través de una voz que se superpone a las imágenes, los recuerdos de su niñez. La secuencia pertenece a My Winnipeg (2007), ganadora del premio a la Mejor Película Canadiense en el Festival Internacional de Cine de Toronto.

El filme, tercera parte de una trilogía autobiográfica —cuyas primeras entregas fueron Cowards Bend the Knee or The Blue Hands (2003) y Brand Upon the Brain! A Remembrance in 12 Chapters (2006)—, fue etiquetado por su director como una “docu-fantasía”, término que, según expresó en una entrevista a Vulture, ideó para evadir argumentos sobre si el proyecto se trataba de un documental o no. “En lugar de tener que investigar los hechos —afirmó—, he realizado toda mi investigación en mi memoria y en mi corazón”. El comentario, revelador más allá de su contexto, sirve para enfrentarse con una filmografía donde abundan las referencias a un pasado embrujado, casi exaltado por el éxtasis de la memoria.

Sueños y melodrama

Maddin, oriundo de Winnipeg, tiene en su haber once largometrajes y casi cincuenta cortometrajes; junto a David Cronenberg y Atom Egoyan, se destaca como uno de los hijos pródigos de su generación. Su sello estilístico es la utilización de los recursos más llamativos del cine mudo y del primer cine sonoro (arañazos, saltos y sonidos chirriantes incluidos), embellecidos por un montaje vertiginoso heredado de Vertov y de la escuela soviética en general.

Sus películas existen en un limbo delimitado por la realidad y la fantasía; pertenecen al quehacer de un formalista que recurre constantemente a la creación de paisajes emocionales, al hincapié en una memoria anímica que parece obsesionarle. En mayor o menor medida, sus historias contienen elementos autobiográficos que desnudan su interés por el pasado —acaso por el transcurrir del tiempo—, tal como pasa en su más reciente propuesta, The Forbidden Room (2015), que adopta una atmósfera de ensueño equiparable a las animaciones de Yuri Norstein.

No es fácil discernir por completo cuál es la importancia de sus tramas: son, en primera instancia, un vehículo, una excusa para arrastrar al espectador hacia un espectáculo sentimental. A veces, la técnica causa el efecto contrario al deseado, cuando al público se le niega la posibilidad de discernir personajes más o menos empáticos en una historia más o menos concisa, riesgo que supone la experimentación vanguardista. Aún así, su capacidad de combinar influencias es suficiente para conseguir la atención necesaria: convierte su inconfundible estética en un pastiche de valiosos recursos visuales, cuyo realismo psicológico se impone a través de métodos melodramáticos.

Un ejemplo preciso es Brand Upon the Brain, autoficción que deja a un lado los eventos verídicos de su infancia y se relaciona directamente con su artificioso imaginario. Este mundo de sueños, cargado de absurdos (una madre que rejuvenece gracias al néctar que mana de los cerebros de un grupo de huérfanos, un padre científico que regresa de entre los muertos para seguir trabajando…), funciona como una dramática reescritura del tiempo para Maddin, cuyo interés por lo “real” queda sepultado bajo conflictos fantásticos y personajes excéntricos. Desde su perspectiva, el realismo engaña al espectador al llevarlo a pensar que contempla la realidad, cuando a decir verdad podría tratarse, más bien, de una historia muy deshonesta. “Siempre he definido el melodrama como la verdad desinhibida, liberada —dice—, no la verdad exagerada como la mayoría de las personas sienten.”

Sus personajes, almas atrapadas por los designios de su entorno, afrontan retos caricaturescos que remiten a intenciones más auténticas: la competencia por hallar la canción más triste del mundo en The Saddest Music in the World (2003) no es más que un vistazo a los estragos que provoca la melancolía cuando un grupo de personas —que inevitablemente se necesitan— son incapaces de conectar entre sí.

thesaddestmusicIsabella Rossellini en The Saddest Music in the World

Fantasmas de fantasmas

En retrospectiva, puede que el real objetivo de Maddin como autor sea registrar aquello que parece ínfimo para la posteridad, una exaltación paradójica. En una reciente entrevista para promocionar The Forbidden Room, justificó su obsesión con las cintas perdidas afirmando que el cine era a menudo descrito como el medio “más embrujado” por la sencilla razón de que tan pronto como las personas y cosas que se fotografiaban eran capturados, empezaban a distanciarse en el tiempo. Por ende, cada vez que se contempla a alguien o algo en la pantalla, dicho sujeto se convierte en un fantasma. ¿Qué sucede, entonces, cuando el vehículo donde se exhiben tales representaciones también se extravía? “Somos perseguidos por el fantasma de un fantasma cuando pensamos en una película perdida”, afirmó.

Maddin intenta unir los retazos que considera más atractivos de la historia del cine en su búsqueda estilística, un lienzo audiovisual que hace propios los códigos del expresionismo alemán (véase The Heart of the World), el film noir y hasta el exploitation. La búsqueda externa refleja una interna: al mismo tiempo, intenta reunir las sensaciones de sus más íntimos recuerdos, recreados como sueños (o pesadillas) proscritas. Tal como reza el epígrafe de su más reciente película: “Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobran, para que no se pierda nada”, Juan 6:12.

Referencias

Paula Bernstein (2015). “Guy Maddin on His Obsession with Lost Films and Why We Need to Preserve Them”. En: Indiewire, 13 de noviembre.

Bilge Ebiri (2008). “Guy Maddin on Directing a ‘Docu-fantasia’ About His Hometown”. En: Vulture, 13 de junio.

Jason Woloski (2003). “Great Directors: Guy Maddin”. En: Senses of Cinema, n° 27, julio.

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