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Eli Wallach, el feo

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Armando Coll

Eli Wallach murió de gula. Un actor debe morir muchas veces y a Wallach le tocó como parte del elenco de El Padrino III: Don Altobello  ­­–personaje de Wallach– un viejo mafioso, enemigo jurado de Michael Corleone, disfruta de Cavalleria Rusticana en su palco reservado del Teatro Massimo de Palermo, mientras devora goloso los exquisitos cannoli que Connie Corleone ha envenenado con esmero para él. Connie (Taila Shire), desde el palco de los Corleone, apunta sus gemelos hacia el de Altobello, una y otra vez, a la espera de que su repostería letal surta efecto a la sombre de la ópera: finalmente, el provecto gangster  aparece en el binocular entregado al sueño eterno a consecuencia de uno de los siete pecados capitales. Se trata de una secuencia muy recordada de la trilogía Puzo/Coppola, pero es probable que el actor lo sea más por otras.

La industria de Hollywood ha estado muy ocupada por los varios centenarios que la reclaman. Ahora que el Séptimo Arte cuenta con 118 años, no son pocos los hechos y personajes de su era dorada que a principios del nuevo milenio rondan el siglo.

Eli Wallach estuvo a punto de celebrar su centenario en vida. Murió, esta vez sí, de este lado de la pantalla, a los 98 años el pasado 24 de junio.

Si de invocar a Wallach se trata, serán legión los que no olviden su participación en el Spaghetti Western El bueno, el feo y el malo (1966), en el que encarna a Tuco, el feo de la película, un pícaro resabiado, de mexicano origen y diestro con el revólver.

Cierta trivia abona la conseja según la cual Clint Eastwood recelaría un poco cuando el director Sergio Leone le anunciara que compartiría cartel con el intérprete narigón, gran comediante y actor de carácter –sin descartar algún coqueteo de galán– formado en el Actors Studio de Nueva York, la ciudad que lo vio nacer y crecer en un vecindario judío.

¿Por qué querría Leone a Wallach, de claro fenotipo centroeuropeo, para su personaje de nombre mexicano? Antes en 1960, apareció en un western de John Sturges, Los siete magníficos, la adaptación al género americano del filme de Akira Kurosawa, Los siete samuráis (1954), en el que Wallach aparece como Calavera, el cacique de una banda de asaltantes que aterroriza a los campesinos mexicanos de la frontera. Esa vez, le tocó ser el malo. Aunque a lo largo de más de 60 años de carrera en la gran pantalla, Wallach demostró que podía también ser el bueno y sobre todo si de papeles complejos se trataba.

Debutó en Broadway en 1945. Elia Kazan sería el primero en dirigirlo tras la cámara, en la adaptación cinematográfica de Baby Doll (1956), una pieza teatral de Tennessee Williams, autor con el que el intérprete ya se había probado sobre las tablas, en La rosa tatuada, trabajo que le valió un premio Tony en 1951.

Nunca dejó de ser llamado por los estudios y convocado por los directores más exigentes hasta el fin de sus días. A los 95 años recibió el Oscar honorífico por su larga como productiva carrera. Un actor de largo aliento, no cabe duda.

Vea el obituario de Días de Cine en la página de RTVE

 

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