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Kiro Russo, cineasta de la oscuridad

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Pablo Gamba

Viejo calavera (2016) obtuvo una mención especial en el concurso Cineastas del Presente en el Festival de Locarno, que terminó el 13 de agosto. El galardón convierte al director boliviano Kiro Russo en uno de los realizadores emergentes que se destacan en el panorama actual del cine de América Latina.

Venía de obtener dos importantes distinciones con las películas que hizo en la Universidad del Cine (FUC), en Buenos Aires. Nueva vida (2015) ganó el año pasado en el Encuentro Internacional de Estudiantes de Cine del Festival de San Sebastián y Juku (2011) fue el corto triunfador del Festival Indie Lisboa en 2012.

Russo forma parte del colectivo Socavón Cine, del que es integrante también Miguel Hilari, el director de El corral y el viento (2014). Ese documental estuvo en Cinéma du Réel, en Francia, y en el Bafici, en Argentina, entre otros festivales.

En las profundidades de la tierra

Viejo calavera trata de los problemas que causa a su familia, a sus compañeros mineros y en particular a su tío un joven borracho, cuyo padre ha muerto. Pero no es un drama sobre el alcoholismo. El cineasta se interesa aquí principalmente por la luz y la oscuridad, y la relación de los personajes con el espacio. Eso le permite alcanzar una profundidad polisémica en lugar de transmitir un mensaje moral.

El personaje principal, Elder Mamani, es puesto a trabajar por su tío Fernando en una mina de Huanuni, en Bolivia. Es una locación que se presta idealmente para experimentar con la iluminación, aprovechando el tipo de oscuridad que puede haber en lugares que están hasta 300 metros bajo la tierra. Ruso ya había explorado eso en Juku, que se desarrolla en el mismo lugar.

Juku

En Viejo calavera trabaja, además, con la disolución de las figuras en el negro con movimientos de cámara que los dejan fuera de campo. El resultado de ambos recursos es una representación menguante de los personajes, como si la profundidad inhumana de la mina los estuviera mordiendo siempre con su oscuridad hasta tragárselos. El combate que libran contra ella con las linternas parece condenado a la derrota.

La comunicación se encuentra también enrarecida, mediante la omisión del contraplano que se esperaría en un intercambio de palabras. En Juku también se había trabajado con eso. Es como si el diálogo no pudiera darse con propiedad en un ambiente como ese, cuyos sonidos envuelven a los mineros como la oscuridad.

Un cine del espacio

Por lo que respecta a la relación del personaje con el espacio, Viejo calavera recuerda a Nueva vida (2015), que también tuvo una mención en Locarno. Es un documental sobre una pareja joven de inmigrantes con un bebé, cuya cotidianidad la cámara capta en un entorno de edificios, en Buenos Aires.  En ese espacio, fotografiado con poca profundidad de campo, predominan las formas grises, muertas de cemento. Por entre ellas una mirada intrusa descubre momentos de la vida cotidiana de la familia, en azoteas o a través de las ventanas.

Nueva-vida2Nueva Vida

En Viejo calavera el joven borracho permite establecer un contrapunto similar entre su comportamiento errático, y la languidez de su cuerpo tumbado por la borrachera, por una parte, y el ambiente de la mina con su ritmo de trabajo. Las máquinas en funcionamiento fueron filmadas, montadas y superpuestas de una manera que recuerda a Dziga Vertov. Eso hace que Elder Mamani no sea solo un personaje discordante con respecto a los demás mineros, sino también con lo que tiene de mecánica la labor que los lleva a descender al lugar de los muertos, bajo tierra.

Pero también ocurre algo parecido cuando la ambientación de Viejo calavera cambia, y la historia prosigue en el centro vacacional al que decide ir el grupo de mineros. Allí uno de los trabajadores parece sentirse extraño cuando camina bajo el sol, entre la vegetación, y no por los túneles, y los cuerpos tienen un aspecto completamente diferente cuando se bañan bajo una luz radiante, en la piscina del local. Pero nuevamente es Mamani la nota discordante en ese pequeño paraíso de vida feliz del trabajador sindicalizado, lejos del mundo subterráneo del trabajo, cuando en plena furia melancólica de la borrachera arroja las sillas al agua. Llega a parecer una especie de Hamlet de los mineros de Huanuni.

Sin embargo, lo que en otra época podría haber sido diagnosticado como respuesta patológica a la alienación, se convierte aquí en una cuestión sin explicación fácil, porque la mala conducta precede en la película al ingreso de Mamani como trabajador en la mina. Eso permite ubicar a Russo entre los continuadores del nuevo cine argentino, por lo que respecta al rechazo a dar orientación al espectador frente a los problemas de la sociedad –a “bajar línea”, como dicen en ese país–. Hay que recordar que es un cineasta formado en la FUC, como Pablo Trapero y Lisandro Alonso, entre otras figuras destacadas de ese cine.

Viejo calavera es, además, una película hecha en colaboración con los trabajadores, coproducida por el Sindicato Mixto de Mineros de Huanuni. Por eso el film Russo podría ser considerado también como una necesaria renovación de la tesis del cine junto al pueblo de Jorge Sanjinés, el director boliviano de La sangre del cóndor (1966) y La nación clandestina (1989), una de las figuras más relevantes del nuevo cine latinoamericano en los años sesenta. Es algo que abre hoy prometedoras perspectivas, en la medida que la tecnología acerca cada vez más el cine a la gente común y corriente.

Referencias

Gonzalo Aguilar (2010). Otros mundos. Ensayo sobre el nuevo cine argentino. Buenos Aires: Santiago Arcos, 2° edición.

Gustavo Beck (2016). “Locarno: entrevista a Kiro Russo sobre Viejo calavera”. En: Desistfilm (blog), 9 de agosto.

Isaac León Frías (2013). El nuevo cine latinoamericano de los años sesenta. Entre el mito político y la modernidad fílmica. Lima: Universidad de Lima.

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