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Entrevista a Andrés Duque

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Patricia Kaiser

¿Qué es el arte?, ¿tiene alguna función más allá del placer contemplativo y estético?, ¿cómo nos afecta un objeto categorizado como artístico? ¿Y bajo qué parámetros colocamos tal adjetivo a ciertas creaciones humanas? El músico ruso Oleg Karavaichuk, a través de la cámara de Andrés Duque, nos brinda ciertas respuestas. Desde el imponente Hermitage o la sencillez de su barrio, él ejecuta un soliloquio sobre la esencia de lo artístico.

Sin embargo, poco sabríamos de este artista –ya fallecido– si no fuese por el documental que sobre su obra y su concepción del arte realizó el cineasta hispano-venezolano Andrés Duque, y que se alzó con los premios del jurado y de la crítica en la edición de este año del Festival Caracas Doc.

Sobre este documental (Oleg y las raras artes) y otros tópicos, como la concepción y condición del arte, conversamos con el realizador.

–¿Cómo conoció a Oleg? ¿Sabía de su trabajo como artista, desde cuándo?

–Conocía la música de Oleg a través de la banda sonora que compuso para el filme de Kira Muratova Los largos adioses. Esta música me acompañó siempre, sin saber quién era el compositor. Fue en el 2012 que conocí a una comisaria de arte rusa, muy melómana, quien me habló de él y comenzó a enviarme información sobre su persona. Verlo en algunos vídeos fue razón suficiente para envalentonarme y viajar a Rusia a buscarlo. Diría que el primer contacto con su música fue en 2008, y conocerlo fue en 2013.

–¿Cómo surgió la idea del documental?

–Surge con el mismo deseo de querer filmar a Karavaichuk. Fue una pulsión difícil de describir, pero lo que ese cuerpo explicaba con sus gestos y la fuerte presencia que tenía, sin duda te hacía querer tener una cámara delante para estudiarlo o deleitarse, porque ante el piano, o incluso cuando dormía, ocurrían cosas. Fue muy difícil conseguirlo. Había que esperar que fraguara entre ambos el verdadero deseo de filmar y él era muy desconfiado de mis intenciones al principio. Así era él con todo el mundo. No se trataba de algo personal, sino quizás de que el momento de filmar fuese algo importante, cinematográfico y también involuntario, como el gesto. Tenía que ser una película improvisada, pero tenía yo que crear el ambiente ideal para que ese momento improvisado fuese inspirador.

Artes, y raras artes

Oleg, ese músico y compositor de raro cuño, nos presenta ante el escenario de la cámara, su teoría de cómo el arte atraviesa el cuerpo. Lo dice no sólo por su condición de pianista sino porque compone, de manera general, una estética corpórea del ejercicio de la creación. El arte consiste en dejar correr la mucosa por el cuerpo, para que ésta emerja a través de la piel y haga fluir la creación. También es importante una buena camisa. De tela natural, no sintética. Súmele a esto la perfecta compaginación entre consonancia y disonancia. No esa impostura que enseñan en las escuelas, basada en la perfecta ejecución técnica, donde no hay nada perturbador. No. La disonancia como momento exacto cuando nuestra mucosa emerge, aportando ese toque que diferencia una creación artística, de un objeto con cualidades que lo hacen parecer arte.

A partir de este planteamiento estético, Oleg y Duque abren un debate dicotómico, no ya entre las clásicas alta/baja cultura; o Arte versus Cultura de Masas. Frankfurt queda muy lejos de San Petersburgo. Lo que está en juego ahora, es la diferencia entre eso que cotidianamente hemos llamado arte y lo que ambos artistas han bautizado como las raras artes.

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–Para usted, ¿hay artes y raras artes?

–Todo lo que se sale de lo normativo es raro, y a veces tiene connotaciones peyorativas. Yo sólo quería explicar con esta película que lo raro es bello.

–¿Qué son las “raras artes” para usted”?

–El título es una reinterpretación del concepto “bellas artes”. Si hay bellas artes como las artes aceptadas por una mayoría, hay también raras artes, como las de Karavaichuk y tantos otros que quizás merecen igual o más atención.

–¿Considera su documental, un documental “raro”?

–Sí, desde luego y, por extensión, todos mis documentales se basan en esta idea de lo raro, lo periférico, la defensa de lo que está al margen de lo que comúnmente es aceptado como Arte.

Pero para llegar a lo raro, al margen, salirse del molde del arte, en nuestro caso del documental cinematográfico clásico de personajes, Duque elaboró una cuidada puesta en escena, donde todo está bajo absoluto control, justamente para permitir que lo raro –esa improvisación de Oleg y que en mucho se acerca a una epifanía– salga a flote dentro de los márgenes del encuadre.

Mientras Oleg improvisa en el piano, camina por las calles de su barrio o duerme plácidamente en un restaurante; es decir, mientras Oleg hace lo que le da la gana y ejerce la total libertad creativa que caracteriza a todo ser humano, más si es un personaje, Duque mantiene la frialdad y el control creativo necesarios para la libertad del otro.

Es un juego de fuerzas, donde uno, como espectador, siente que hay una estrecha relación entre el tema de las raras artes y la puesta en escena que plantea el director. Así nos lo explica Duque:

–Mi labor más ardua fue hacerme su amigo, a partir de allí podría plantear un documental… Karavaichuk era muy difícil de tratar. Y ponía muchos obstáculos para dejarse grabar. El proceso de convivencia no fue fácil, pero poco a poco me di cuenta que a él no le gustaba que lo tratasen con tanto respeto. Le gustaba ser tratado como a un niño. O mejor dicho, de niño a niño. Establecer juegos que fuesen divertidos y creativos, para encender una llama que diese pie a grabar. Cada día inventábamos un juego para que él se sintiese a gusto e inspirado, y entonces arrancábamos a grabar. Las localizaciones estaban claras y había que conseguir que esas localizaciones, de pronto, se transformasen en algo diferente para él. Para ello aplicábamos juegos creativos y entonces grabábamos la improvisación de lo que ocurría.

Esta dinámica lúdica, permitió un acercamiento sincero entre los dos creadores, que terminaron por reconocerse en sus posturas estéticas.

–Oleg defendía ideas que a mí me parecen fundamentales, incluso hoy día: la libertad del artista como algo irrenunciable. Qué difícil es al día de hoy mantener esta actitud, cuando hay un mercado cultural que marca lo que debemos producir o ver. Oleg no era así, no atendía ni a la fama ni al éxito. Esto para mí era necesario de transmitir en la película. Su vulnerabilidad me tocaba muy de cerca y quería que en mi película eso se sintiese. El montaje y la propia dinámica de filmación improvisada fue dando esta forma “rota”, un guión que no pretende explicar hechos concretos, sino, por el contrario, que te abraces a la experiencia poética de un ser extraño. Sin ornamentos. Sólo palabra, música y gestos. La experiencia de estos elementos a través de una duración propia, sus pasos, sus idas y retornos, sus cortes abruptos. Esto genera una sensación de que algo vivo está ocurriendo.

En la misma tónica, Oleg reflexiona sobre la “decadencia” del arte en nuestra época, a través de metáforas muy concretas: la técnica enseñada en los conservatorios de música; la armonía que debe haber entre consonancia y disonancia; el tema de la mucosa y la tela de la camisa, entre otras. Duque recoge todas estas ideas, que a veces se plantean en tono melancólico y de queja –como añorando una Rusia pasada de moda, de zares y caudillos, similar a la tristeza del abeto talado y su nuevo vecino– pero que bien dan cuenta del estado del arte contemporáneo, y del cine en particular.

–Todas estas ideas vienen a explicar lo que me parece necesario problematizar. El cine y las artes se han convertido en conceptos masticados y digeridos, en productos aburridos porque carecen de la víscera del autor que hay detrás: su deseo de incomodar, que a mi juicio es el valor fundamental de las artes y que en gran medida se ha perdido.

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¿Cómo se produce un docu raro?

Más allá del tema, el personaje y la puesta en cámara de Duque, el cine pasa por un proceso de producción, bastante masticado y hasta vomitado, por escuelas, cátedras y maestros. Nos interesaba conocer cómo fue ese proceso en este caso particular, ya que el director vive en España y el filme se desarrolla en el San Petersburgo de Iván y Lenin.

–¿Cuánto tiempo duró el rodaje, cuáles fueron las condiciones; cómo fue el financiamiento?

–Fueron dos años de convivencia con Karavaichuk, hasta que hubo la confianza y amistad para filmar. Entonces rodar fueron ocho días. Lo suficiente a mi parecer. En el transcurso de dos años viajé a San Petersburgo unas seis veces y me lo pasaba con él. Sin grabar nada. La financiación y dado el grado de riesgo que suponía no tener nada al final del proceso, porque él era muy impredecible, nos hizo pensar en reducir al máximo los costes y, por esta razón, el dinero que necesitábamos lo conseguimos rápidamente, gracias a los colaboradores asociados: el Ministerio de Cultura de España, el ICEC, ARTE-La Lucarne y TV3 que ya conocen mi trabajo y comprenden las dificultades que conlleva. La financiación quizás fue de las cosas menos problemáticas en esta película.

Conociendo, ya, que Oleg no es el primer bicho raro que aborda Duque, pues anteriormente había realizado un documental sobre Iván Zuleta, no menos polémico que el compositor ruso, nos interesó saber que idea tiene en su maleta, si continúa con el documental, si será de personajes otra vez, o si dará eso que mal llaman “el salto a la ficción”.

–Estoy ahora en una fase bastante inicial y no sé si lo voy a conseguir, pero tengo la mirada puesta nuevamente en Rusia, y el deseo de ir en busca de una cultura prácticamente desaparecida y conectada con cierto shamanismo euro-asiático.

Lamentablemente, así como no hemos podido acceder a la no corta filmografía anterior de Duque, por los sempiternos problemas de distribución que aquejan al documental, parece que Oleg correrá con la misma suerte. Cuando le preguntamos si tiene planeado exhibir su docu en nuestro país, nos dijo categóricamente:

–De momento no está planteada una distribución en Venezuela. Para mí ha sido una bonita sorpresa que la película haya ganado en el Festival Caracas Doc porque nunca pensé que Oleg y las raras artes generase algún interés, precisamente porque mis películas son atípicas para lo que se considera documental, o ensayo o experimental.

Es cierto –quizá– que el lugar de las raras artes no es la sala del Sambil o de cualquier otro mall similar. Así como la música de Oleg no está para los conservatorios y sus salas domingueras. Sin embargo, reclamamos con urgencia más espacios como Caracas Doc, donde las pelis raras tengan cabida. No solicitamos un Hermitage, que personifica en demasía a las Bellas Artes: su exclusividad, su carácter culto, sectario y exquisito (ventajas de las que Oleg disfrutaba), sino que pedimos un huerto y varios abetos. Como el de la pequeña dacha de Oleg. Nosotros nos encargaremos de regar las plantas.

Pequeña bio-filmografía

Andrés Duque es un cineasta hispano-venezolano. Su primera película, Ivan Z, un retrato del cineasta de culto Iván Zulueta, le valió una nominación a los premios Goya de la Academia Española. En 2011 realiza su primer largometraje, Color perro que huye, estrenado en el Festival Internacional de Cine de Rotterdam y que obtuvo el premio del público en el Festival Internacional de Cine Punto de Vista. En 2012 es uno de los cineastas invitados al Seminario Flaherty que se celebra en Nueva York. En 2013 recibe el Premio Ciudad de Barcelona por su película Ensayo final para utopía. Oleg y las raras artes es su película más reciente y ha obtenido numerosos premios.

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