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Eliseo Subiela, la rara avis del cine argentino

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Armando Coll

“La poesía en la película no está forzada”, dijo el célebre poeta uruguayo Mario Benedetti, engolosinado de verse convertido en actor de cine. El autor de los muy difundidos versos de Poemas de la oficina y Cotidianas (hay quienes lo consideran más como cuentista y novelista)  aparece como un personaje enigmático, si no de relleno, en la no menos celebrada película de Eliseo Subiela El lado oscuro del corazón (1992), en la que recita sus poemas traducidos al alemán. Benedetti recién salía del estreno de la cinta, hoy, pieza de culto.

Eliseo Subiela acaba de morir, el día de Navidad y dos antes de cumplir 72 años. Nació en Buenos Aires el 27 de diciembre de 1944,  de padre gallego y madre argentina, y creció en el muy porteño barrio de Palermo.

Subiela es una rara avis del cine argentino, aunque sea su cine muy argentino. Ocho años menor que Fernando Solanas, junto con él y su coetáneo Adolfo Aristarain,  forma parte de la generación que adquiere relevancia y proyección internacional justo después de la vuelta a la democracia con el presidente Raúl Alfonsín. Son los autores de la postdictadura, mayores ya para ser incluidos en el llamado Nuevo Cine Argentino de los ’90.

Tras ganarse la vida durante un tiempo como director de piezas publicitarias, retoma la creación cinematográfica con La conquista del paraíso (1981) y Hombre mirando al Sudeste (1986), película que amplía su feligresía hacia el mundo y otras lenguas. Antes había rodado una cinta militante Argentina, mayo del 69: los caminos de la liberación, nunca estrenada.

Su cine es adorado y abominado a partes iguales. Pareciera que la recepción de su obra no admite medias tintas. Y ello, quién sabe, se deba al desconcierto que su poética concita, que en unos deviene encantamiento y en otros detestación. La sublimación a la que tiende su narrativa cinematográfica parece titubear entre el sarcasmo y el patetismo; difícil discernir la solución de continuidad entre lo cómico y lo dramático.

Las dos películas aludidas y estrenadas con muy buena acogida del público, más sonoro el éxito de El lado oscuro del corazón, tal vez, son por las que más se lo conoce y será recordado su autor. En Venezuela, ésta sería recibida con exaltación por cierta audiencia amante de la literatura; otros muchos descubrirían que existe ese otro mundo de la poesía y los poetas. El espectador más analítico encontrará en la pieza una mistificación de la figura del poeta difícil de tragar.

Se trata de Oliverio (Darío Grandinetti), obvio tributo a Girondo, un poeta autoproclamado, que trabaja a destajo como creativo publicitario y el resto del tiempo lo pasa recitando poemas a quien se le cruce en el camino. Gracias al don poético, Oliverio obtiene comida, tragos y sexo, mucho sexo. No en balde el filme comienza con la recitación del famoso poema de Oliverio Girondo “Espantapájaros”; lo declama el protagonista en la cama, después de la faena con una mujer anónima a la que el lírico macho despacha con un artificio: una trampilla bajo el colchón por la que la tipa cae a un abismo inexplicable.

Quien se tome muy a pecho a este personaje, que también echa mano de poemas de Juan Gelman, puede encontrarlo insoportable, pero cabe la lectura irónica en torno al poeta o a lo que muchos creen que es ser poeta. En una entrevista publicada por el bonaerense Clarín, recién en septiembre pasado, el mismo Subiela sonríe: “Es una película extraña. Yo, aún hoy, no entiendo cómo esa película fue además un éxito comercial. Cuando veo el guión digo: ‘Esta película es infilmable. ¿Cómo vas a filmar una película con un nabo que recita poesía todo el tiempo?’”

Hoy por hoy, El lado oscuro… se antoja una pieza vintage, de tono tanguero aunque el tango como tal no haga presencia, un relato de la bohemia trasnochada de un Buenos Aires con sus tópicos y nostalgias, que probablemente se esté desvaneciendo en el imaginario vertiginoso de los tiempos actuales.

Antes, Subiela dio mucho que hablar con la mencionada Hombre mirando al Sudeste. Se trata de un relato, este sí, “extraño” en la cinematografía argentina y latinoamericana. La historia en clave de ciencia ficción (aunque sin los efectos especiales esperables del género) hace nudo en la cuestión ontológica que deriva hacia una premisa ética. Inintencionadamente se emparenta con Blade Runner, estrenada tres años antes, al plantear el drama del ser, el ser humano.

Rantés (Hugo Soto), el personaje principal, aparece de improviso en el pabellón a cargo del psiquiatra Julio Denis (Lorenzo Quinteros). Nadie lo remitió al manicomio, no se sabe de dónde salió. El nuevo paciente declara que no es humano y viene de otro planeta. Pasa las horas literalmente mirando al Sudeste mientras el doctor Denis se ve impelido a tratarlo como a los demás enfermos mentales, pero a medida que el drama avanza el tratante desarrolla una inevitable empatía por el recién llegado. Se apela a uno los argumentos universales catalogados por Jordi Való y Xavier Pérez en su libro imprescindible La semilla inmortal (Anagrama, 1995), a saber el del “intruso benefactor”, el arquetipo mesiánico, Jesús de Nazaret, por decirlo claramente.

Subiela se permite peripecias que al espectador más culto puedan parecerle “pueriles”. No obstante, cumple con la máxima del género de ciencia ficción. Es una película profética.

El eco universal del filme alcanzó a Hollywood y su línea argumental sería plagiada mediante una sigilosa operación de la gran industria. K-Pax fue primero una novela firmada por un tal Gene Brewer, que luego sería adaptada al cine. La película estadounidense, protagonizada por Kevin Spacey y Jeff Bridges, fue estrenada en 2001. Críticos alrededor del mundo acusaron el calco.

A Eliseo Subiela la muerte lo sorprendió en plena actividad. Seguía al frente de la escuela de cine por él creada, preproducía una nueva película a ser rodada el año que comienza y preparaba el montaje de su primera pieza especialmente escrita para teatro. Antes había llevado a las tablas, precisamente, Hombre que mira al Sudeste.

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