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Robots, instintos básicos y ella: recalling Verhoeven

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Patricia Kaiser

Si usted piensa en Paul Verhoeven, piensa en robots, disparos, sci-fi y en último minuto, en Sharon Stone (dejando lo mejor para el final). Un director exitoso, emblema de la industria hollywoodense. Pero resulta ser que el señor en cuestión es holandés. Un extranjero venido a la Costa Oeste, donde el sol le sonrió. No es el primero. Hay una larga lista de frijoleros que llegaron a la fama gracias al espectáculo. Roland Emerich –alemán– celebró la independencia estadounidense al mejor estilo: ID4.

Nuestro oriundo de los Países Bajos, quizá por nostalgia, ha decidido retornar a su continente de origen. Pero no a su país submarino, sino a la cuna del cine culto y de culto: Francia. Debido a los sempiternos problemas de distribución en Venezuela, sólo he podido ver en pantalla grande una de sus obras anteriores a su éxodo americano: Delicias turcas (1973). Un filme intimista, oscuro y que pocos reconocerían como parte de la filmografía de quien se consagró gracias a Robocop (1987) o Total Recall (1990). Igual el holandés no es un idioma común, ni siquiera en las extensas fronteras de la UE.

En su retorno al mercado no ya tan común europeo, Verhoeven desempaca en París para presentarnos el drama de una relación sado-masoquista. Nadie mejor que Isabelle Huppert para encarnar el papel, donde repite su manida actuación de La pianista (2001) (de otro foráneo, ya que Haneke es austríaco). Resumamos: una mujer es violada, fantasea con su agresor, insiste en revertir los roles. El final, predecible: ella se convierte en victimario.

Elle (2016) es un drama burgués, intimista y poblado violencia domesticada. Una obra donde no hay nada nuevo bajo sol del cine galo, ni tampoco en el contexto de la obra del holandés.

Las similitudes con el cine francés de Haneke no son meras casualidades. Se trata de todo un movimiento cinematográfico europeo que ha puesto de moda los dramas familiares, burgueses y con la sexualidad como motor narrativo principal. Sexualidad, huelga decir, basada en juegos casi mortales, en el exceso de piel (aún en ausencia de tacto), que lleva al límite valores que fundaron la modernidad: la Sagrada Familia y la mujer como el vientre que preserva la vida. Piense en Festen (1998), muy dogmática ella; en Lanthimos –tanto en su versión griega como en la gran coproducción europea que es The Lobster (2015)–, o en la Nueva Ola Rumana, con Mungui o Netzer, y tendrá referencias para comparar. Europa reflexiona sobre su vida burguesa, desde el ojo de una cámara tan burguesa como lo es clase-categoría del autor cinematográfico.

Pero no crea, amigo lector, que el Verhoeven hollywoodense está fuera del marco de su melodrama. La  pareja protagónica se debate entre la impostura de su clase y el pulso mórbido del deseo, recordando con la sanción moral final –y la historia pasada que los empuja a sus acciones– los pecados cometidos por Nick y Catherine en Basic Instinct.

Los robots tampoco quedan fuera. No porque la protagonista maneje un emporio de videojuegos (remember Starship Troopers, 1997). Esa parte es más un guiño. La vuelta de tuerca del ducht está en la conversión de Michèle en una criatura de un mundo que, de impoluto, la obliga a negar toda su humanidad, volcándola hacia la violencia como única emoción real (y acá nos recuerda, de forma muy lejana, a los postulados del primer Cronenberg, otro extranjero –canadiense para ser exactos– que hizo de EE UU su casa).

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Vemos en Elle, entonces, a Roobcop transformado en dama ejecutiva gala, al batallón adolescente interespacial disfrazado de empleados hipsters de una compañía de video games,  y a nuestra amada Catherine, ahora enclosetada en el corsé burgués que la obliga a justificar su tánatos de cara a su hijo. Porque ni el pasado familiar de su padre serial killer sostiene dramáticamente tanta pacatería melo.

Elle no es más que un filme muy europeo y reiterativo, burgués en sus moralinas, y que pretende rescatar la posición de autor –en su acepción europea y burguesa–, de un cineasta que lo ha demostrado mucho mejor con el aparataje cyber de la cultura pop.

Sólo nos resta clamar: ¡Hollywood recalling Verhoeven, plis!

PD: Un debate interesante a proponer sería el análisis comparativo de este cine, que hemos denominado europeo-burgués, con ciertos filmes contemporáneos latinoamericanos, Desde allá y El club por ejemplo, donde Alfredo Castro imita a la Huppert. Porque la moda es transnacional y transatlántica.

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