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“Toni Erdmann” no ganó el Oscar, pero bien lo vale

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Armando Coll

Cualquiera que lea la sinopsis comercial que anuncia la cinta de la realizadora alemana Maren Ade, Toni Erdmann, creería que de una comedia desternillante se trata. Pero, como suele pasar con estas síntesis promocionales concebidas según criterios de mercado, desacierta o no da con la esencia tonal del film.

Toni Erdmann es un drama (en el sentido que la palabra adquirió en el mundo del cine) de entrada lenta, con un preludio acompasado que establece el modo y el tempo de la pieza, de lirismo germánico, al que contribuye una sostenida “cámara en hombro”, apenas perceptible, y la banda sonora desprovista de partitura.

No es que no mueva a risa, pero tras el breve aperitivo de la escena inicial, se dilata en un primer acto que aclara el conflicto: Ines (interpretada por la actriz Sandra Hüller) es una joven y tenaz ejecutiva de una agencia de consultoría cuyos clientes son poderosas trasnacionales. El trabajo la tiene de aquí para allá, un día en Shanghái al otro en Bucarest, con ocasionales y muy espaciadas paradas en la casa de algún lugar de Alemania, donde el padre Winfried (Peter Simonischek) la espera con resignada añoranza.

El drama es emblemático del mundo globalizado y migrante: el despecho del padre es una melancolía universalmente compartida por familias distanciadas, en muchos casos por el infortunio de una nación, y en este en particular, por el indetenible progreso del negocio sin fronteras.

Winfried es profesor de arte en una escuela, enseña a tocar piano a un jovenzuelo del vecindario, que no quiere más lecciones. También dice trabajar a medio tiempo en un hogar para ancianos, mientras que su hija se mueve como una anguila en el proceloso mar poblado por los escualos de las altas directivas de las empresas mundiales.

La trama va tejiendo estas dos vidas paralelas (y contrastantes) con los poderosos arquetipos de una historia de amor paterno-filial.

El añoso perro de Winfried, Willi, agoniza y esto hace que su dueño tome una determinación: recuperar a su hija. Se aparece sorpresivamente en la capital rumana, donde la hierática consultora está a cargo de una delicada operación de reacomodo de compañías petroleras.

Ines no malquiere a su padre, y lo recibe de buena gana y se asegura de acomodarlo en un hotel de lujo. Pero, persiste la distancia entre ambos, situación que Winfried viene decidido a cambiar con lo que antojaría a muchos una estrategia afectiva bastante extravagante: asedia a su hija importunándola en su exigente labor de relaciones públicas con el presidente de la empresa a la que presta servicios de consultoría. Luego, irrumpe en una cena de amigas en un lujoso restaurante, ya investido de su alter ego, un personaje burlesco que responde al nombre de Toni Erdmann. Con una peluca y una dentadura postiza divierte y confunde a las cofrades de Ines, quien permanece inmutable en el trance, con contenido disgusto.

El humor se deja colar como las burbujas de un primer sorbo de champagne, sin permitir aún la carcajada de la tercera copa.

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Mientras Winfried merodea la faena de su ocupada hija, ella continúa su rutina de laboradicta, avasallada por el desarraigo y la inclemencia del apolíneo mundo de los otrora llamados yuppies; esa escenografía de lujos donde hasta el comercio con el dios Dioniso está fríamente calculado, incluso, el sexo, la droga y la danza house de la discoteca.

Cualquiera se preguntaría si el desvelo profesional deja tiempo para que Ines siquiera tenga un hombre. Y aparece el amante rumano; la cita íntima es ejecutada igual como un trámite, con un protocolo como sacado de la pseudosexología difundida en las secciones misceláneas de la gran prensa para calentar parejas inapetentes. La fantasía sexual recetada podría lucir escabrosa, pero resulta ridícula, sexo instantáneo y vacío. Así va la vida de la protagonista, hasta que papá Winfried empieza a lograr el cambio a través de la humorada grotesca del imaginario Toni Erdmann.

Se ha reseñado que el guion recurre a la clave del absurdo, y puede que la historia torne inverosímil a ratos, pero las locas peripecias que Toni Erdmann propicia hablan más bien de lo que sería del todo aceptable y natural en un mundo más humano.

“¿Acaso eres humana?”, interpela en alguna escena Winfried a Ines.

Ines y Winfried están destinados al reencuentro, pero no por predecible, la escena climática deja de ser tan cómica como conmovedora; a un tiempo merecedora de lágrimas de risa y honda emoción.

“No pierdan el humor”, asoma como una consigna Toni Erdmann, pero más que un tributo al poder sanador de la risa, la película de Maren Ade es una canción de amor en medio de una civilización alienada por el éxito y la ganancia, dividida por el juicio triste de triunfadores y perdedores.

Toni Erdman lució un tiempo como segura ganadora del “Oscar extranjero”, pero en la reciente ceremonia la Academia favoreció a El viajante del iraní Asghar Fharadi, que comenzó a sacar ventaja de la agenda política de Hollywood. Tal vez, haya atraído la etnicidad persa como reacción a las medidas antimigratorias de Donald Trump.

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