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“La Soledad”: espacio físico, estado emocional

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Patricia Kaiser

Unx puede estar solo. También puede sentirse solo. Unx puede habitar en soledad. Todo eso (y ya veremos que algo más), re-presenta el filme de Thielen Armand, así como la locación en la que fue rodado y que lleva el mismo nombre: La Soledad. Una vieja mansión, propiedad de la familia del director, donde ahora mora José, nieto de la antigua “empleada doméstica”, y junto con ella su mujer e hija, más un sinfín de familiares y amigos, que hacen que esta casa nos recuerde la guarida La Nigua y su familia (La oveja Negra, Román Chalbaud).

La casa está en ruinas. De su pasado glorioso sólo quedan home movies (con las que el director abre y cierra el relato), viejas fotografías de familiares casi en el olvido, y unas paredes que esconden tesoros, no sólo económicos, como unas supuestas morocotas, sino también históricos, los fantasmas que recuerdan la época esclavista, la Venezuela adinerada que poseía casas, domésticas que les servían a placer, esculturas que daban prestigio y cultura. Ya nada de eso existe.

La ruina ha caído sobre los antiguos burgueses. Sus descendientes ahora se ven imposibilitados de mantener en pie tamaña construcción, por lo que la opción del derrumbe y la venta del terreno parece ser la única salida. Pero también han caído en la ruina los “invasores”: la familia de la abuela y sus “hijos adoptivos” del barrio. Ya no habrá más casa para vivir, tampoco más tesoros para vender, ni siquiera la opción de montar un falansterio, en el mejor estilo franco-cubano del término. La solidaridad tiene límites.

En ese entorno vive José. Sin un trabajo estable, tan sólo con las migajas de Thielen Senior (el padre del cineasta), quien lo convida a trabajos ocasionales y le da “un pago justo e igualitario”. Ambos descendientes comparten el mismo destino: la incertidumbre de un país sin futuro. Con una diferencia fundamental: Thielen heredará (aun cuando se manifieste en contra) parte de las (seguramente exiguas) ganancias de la venta del terreno. José quedará en el desamparo.

La Soledad 1

En esta soledad, también habita Rosina, la abuela, último vínculo con el pasado feudal. Ella ahora está enferma, en un contexto donde eso se ha vuelto una pena capital. La señora de la casa le brinda asistencialismo con unas bolsas de pertrechos, no sin recordarle el destino inmutable de la morada. La compasión también tiene límites.

Ante la absoluta falta de perspectivas hay dos opciones posibles, las mismas que a diario vemos en las RR SS: la huida, el autoexilio; o el estacionarse en una espera sin esperanza. Varios personajes del filme, hacen sus propias apuestas. Y todos verán con añoranza, en fotos o en su tránsito diario por la calle, la soledad del afuera: Caracas.

Tan solitaria como la mansión y sus habitantes. Construcciones sin portón que ofrecer a los hombres que se presentan a sus puertas; hospitales y farmacias de adorno; bachaqueros ineficientes; largas colas para esperar la solidaridad o compasión de un gobierno tan asistencialista como los dueños de La Soledad.

Ante la soledad como estancia, José opta por la resistencia. Inútil, seguramente. Los tesoros no son más que restos oxidados de un pasado ahora inútil; todo lo que se puede vender, canjear, sobornar, se agota; la huida, sin futuro porque se carece de presente, es tan inútil como la espera.

Así, José decide por un acto de dignidad, sin esperanza, pero que es lo único que puede heredarle a su pequeña hija Adrializ. Un mundo para sumergirse en soledad, rodeados de castillos de arena. Una soledad que siempre llevaremos dentro, como eterna compañía, sin importar el lugar que habitemos. Incluso si ese lugar es Canadá, residencia actual del director.

La soledad, la Venezuela (en) soledad, está ahí.

Referencias

‘La Soledad’, de Jorge Thielen, impacta en Miami porque describe la dura crisis venezolana” en Contrapunto.com (acceso 26 de marzo 2017).

patriciakaiser@gmail.com

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