Inicio Artículos Entrevista a Rober Calzadilla

Entrevista a Rober Calzadilla

0 374
image_pdfimage_print

Rober Calzadilla es el director de El Amparo (2016), una de las películas venezolanas que se abren paso actualmente en el circuito de festivales internacionales, aunque aún no han sido estrenadas en el país.

Otra es La Soledad (2016), de Jorge Thielen Armand. Las dos coincidieron en el Festival de Miami y volverán a hacerlo a partir del 19 de este mes en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici). Ambas son las óperas primas en el largometraje de los respectivos directores.

La relevancia del Bafici puede ayudar a llamar la atención sobre la continuidad de la renovación del cine venezolano que comenzó con Pelo malo, de Mariana Rondón, ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián en 2013, y ha alcanzado hasta ahora su logro más relevante con el primer León de Oro latinoamericano en el Festival de Venecia, el de Desde allá (2015) de Lorenzo Vigas.

El Amparo es un film sobre la masacre ocurrida en la localidad del mismo nombre en 1988. Allí fueron asesinados 14 pescadores por militares y policías integrantes del Comando Específico José Antonio Páez (Cejap), quienes llevaron a cabo la operación Águila III alegando que se trataba de un grupo de guerrilleros colombianos. Hubo dos sobrevivientes: José Augusto Arias y Wolmer Pinilla.

El guion está basado en una obra de Tumbarrancho Teatro, escrita por Karin Valecillos, quien la adaptó al cine. Calzadilla, quien es profesor de la Escuela Nacional de Cine, es también actor, integrante de ese grupo teatral.

El Amparo fue la mejor película del Festival de Marsella este año y ganó el premio del público en el Festival de Biarritz en 2016. Abrió, además, el Festival de Cine Latinoamericano del Instituto Cinematográfico Estadounidense (AFI).

La filmación se llevó a cabo en un pueblo cercano a El Amparo: El Yagual.

El director espera que la película pueda estrenarse en Venezuela a mediados de año. No quisiera que pasara más tiempo.

El Amparo es una película sobre una masacre. Sin embargo, no se centra en denunciar a los que la perpetraron ni en la repercusión política que tuvo en ese momento. ¿Por qué se optó por otro camino?

–De niños vivimos de cerca esta noticia. Aquellos rostros de dos tipos tratando de levantar su voz por encima del ruido mediático, político y militar del momento, aquellos gestos extraviados en semejante laberinto, y lo único que tenían para decir era sencillo y tremendo: su verdad.

–En aquel momento, de manera inexplicable para mí, todo eso me arrastró, barrió conmigo, sin acomodo, sin acordes dramáticos, sin maquillaje, sin lágrimas, ni heroicidades ni derroches épicos. Fue simple y fulminante.

–Luego vi en los noticieros a las mujeres y otros familiares y me pasaba lo mismo, e igualmente con el pueblo. Aquellas imágenes, esos cuerpos y esos paisajes llenos de olvido y abandono siempre me han sacudido violentamente.

–Para mí es más agresivo políticamente centrarnos en las cosas más sencillas, esas que justamente por sencillas parecieran estar sepultadas, no valer nada. La vulnerabilidad, el coraje, la indignación, la injusticia, por ejemplo, no hacen concesiones ideológicas. La injusticia es la injusticia; los abusos de poder son eso, abusos de poder, vengan de donde vengan, póngale el color que quiera.  Eso me gusta, la no concesión.

–Resultado de todo esto, es indudable que la historia era sobre personas sometidas a unos eventos trágicos en circunstancias injustas y de cómo la afrontaban con lo poco que tenían, es decir, su verdad. Estos universos nos resultaban más poderosos que señalar a un grupo particular como los grandes opresores.

elamparo3

–¿Cómo fue el trabajo de preparación de los actores?

–La propuesta siempre fue trabajar con personas. Me explico mejor: en general, tanto en teatro como en cine, hablamos siempre o casi siempre de personajes y buscamos de éstos la mayor información que podamos, cómo son, cómo viven, su pasado, sus marcas de vida, motivaciones, progresiones dramáticas y a veces hasta tenemos claro su futuro.

–Para este trabajo específico, preferí hablar de personas, tratar con personas y grabar personas en la medida de los posible. Es decir, trabajar con la incertidumbre. Nadie sabía nada del guion, les prohibí incluso cualquier investigación sobre los hechos reales durante el proceso, también estaba prohibido tratar de emular a los personajes reales. El interés se centraba, en ese primer momento, en trabajar con esas personas que eran los actores, como si limpiáramos el terreno donde luego pudieran brotar las emociones, lo más limpias que se pudiera.

–Esto significaba por una parte tener una etapa de trabajo con los actores donde era preciso poner la “actuación” y la justificación de lado. Des-automatizar el cuerpo y la mente, y ponerlos prestos a su presente, sin pasado, sin futuro, sin historia previa. Sólo importaba el puro presente; ese presente al ser vivido plenamente, daba pistas, según yo, del pasado y del futuro al mismo tiempo, ponía sobre la mesa contradicciones y farfullos existenciales muy interesantes.  Tener a los actores siempre viviendo su aquí y su ahora también les permitía relacionar, y reaccionar a todo lo que ese presente les daba en ese momento.

–Luego de esta etapa nos fuimos al pueblo un mes antes y la orden era vivir allí. Íbamos a la pesca, a jornalear, a echar charapo, a los sancochos, y desde luego a las fiestas y a beber. Esto fue formando rápidamente una complicidad con los hombres y mujeres de El Yagual, quienes a la vez comenzaron a entender de qué se trataba, porque de entrada no asociaban actores de películas con una gente andando descalza por sus calles y cargando láminas de zinc o limpiando un “pescao” allí, codo a codo con ellos.

–La idea era fundirse con el paisaje y con la gente; ser paisaje, no llamar la atención ni distinguirse entre los pobladores. Esto para algunos actores a veces es la muerte; quiero decir, les cuesta mucho y yo lo entiendo perfectamente. Para algunos era algo nuevo y difícil de digerir, comprensible.

EL-AMPARO-MAKING-OF-3-of-6

Rober Calzadilla (a la derecha), junto con los actores

Vicente Peña y Giovanni García (izqierda y centro)

–¿Cómo manejó el referente de la obra de teatro, y su participación en Tumbarrancho, por lo que respecta al trabajo actoral?

–Cuando hicimos la obra de teatro, yo hacía Pinilla y también me obsesioné en no buscar ningún parecido al Pinilla real. Quería trabajar conmigo, aspiraba a cosas a las que no pude llegar porque tal vez no las entendía muy bien, pero que luego las apliqué en la película, actoralmente. La idea de trabajar sobre personas y no personajes me viene de ahí.

–Hábleme un poco del trabajo con el sonido. 

–Con Marco Salaverría tuvimos una conversación previa sobre algunas ideas que yo tenía y que él engordó, porque es un tipo de verdad apasionado y conocedor; puedes hablar con él de referencias, de películas y el hombre las conoce, porque ve cine, anda actualizado, sin contar con que ya tiene al hombro varias películas importantes en los últimos años. Compartimos la obsesión por el sonido. De su trabajo de campo, puedo decir un par de cosas: impecable y creativo.

–También debo mencionar a Andrés Levell, el músico de la película, con quien además ya había trabajado en mi mediometraje, El país de abril. Andrés, la primera vez que vio uno de los cortes de El Amparo, me dijo de entrada: esto no necesita música. Pero nada más lejos de mis intenciones que hacer música para la película. Andrés se maneja en sonoridades experimentales muy particulares, y la idea era crear algunas que entraran en los sonidos propios de la escena, casi siempre sin llamar mucho la atención, pero que estuvieran ahí, levantando una cierta incomodidad emotiva.

–Con Francisco Toro, el diseñador sonoro, probamos montón de posibilidades, yendo de extremos a extremos, a zonas complejas, tratando de sacar los trucos sonoros habituales del cine o buscándoles a esos sonidos habituales alguna vuelta que suavizara o contradijera por momentos la lectura de la imagen. A veces salíamos con las tablas en la cabeza, a veces nos perdíamos, pero creo que supimos esperar y ganamos. Supo él amalgamar texturas, generar las emociones que eran necesarias para algunas escenas.

–¿Qué significa para usted que El Amparo coincida con La Soledad en el Bafici?

–Coincidimos en el Miami Film Festival pero no tuve chance de ver la película, ni los muchachos pudieron ver El Amparo. No se si van al Bafici y tengan oportunidad de verla. Yo no podré ir, pero estoy muy pendiente de ver La Soledad. Me han hablado muy bien y quiero verla.

elamparo4

¿Qué cree que diferencie las películas venezolanas que se vienen abriendo paso en festivales internacionales, desde Pelo malo, del resto del cine nacional?

–Me parece que de alguna manera lo faraónico queda desplazado en estas últimas películas. Han apostado por ver la realidad desde un lugar más íntimo y, si son universales, lo son porque justamente se han enfocado en un ladrillo de su aldea y no aspiran a explicar el paredón con verdades manoseadas. Han optado también por las contradicciones.

El Amparo es una película sobre cómo logra salir a flote una verdad. ¿Cómo ve las posibilidades del cine de hacer lo mismo en Venezuela en la actualidad?

–Pues cada quien guarda sus verdades y e incertidumbres. Yo vivo en este país, nunca he vivido en otro lugar y no tengo más que incertidumbres y preguntas. De momento me cuesta hablar otras cosas, por más vueltas que doy siempre me espera un laberinto. Antes le huía, ahora voy directo a él, pero a preguntarle de la manera más simple que pueda, alejado de exotismos y axiomas rancios. Cómo cuesta.

Lee la nota de Pablo Gamba sobre El Amparo en ENCine.

PUBLICACIONES SIMILARES

NO HAY COMENTARIOS

Dejar una respuesta