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A la sombra del amparo

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Patricia Kaiser

El expediente de la lucha antiguerrillera en nuestro país, ha dejado una estela de crímenes e impunidad que aún hoy en día se mantienen vigentes. Como bien reza el título del libro de José Vicente Rangel, es un capítulo negro en nuestra historia, que  podría repetirse de continuar la indiferencia que sobre ellos pesa.

Bajo la excusa de la persecución de presuntos (palabra mágica que todo lo sostiene) insurgentes armados, se intentó exterminar –y acaso con éxito– todo pensamiento de izquierda, y también a todo actor social incómodo para los intereses imperantes. No se trató sólo de una cuestión de carácter ideológico, influyeron también temas tan álgidos como la tenencia de la tierra. Las alianzas entre el poder político y económico siempre han trabajado para mantener su status quo y sus prebendas. Y el ejército cumplió a cabalidad su función de brazo armado legal para lograr estos objetivos.

Yumare, Cantaura y El Amparo son tan sólo algunos de los nombres que aún hoy persisten en la memoria. Sabrá dios cuántos otros pueblos anónimos quedarán fuera del expediente de la Comisión Contra el Olvido. La memoria es frágil, porque pocas veces reflexionamos sobre cómo opera y qué mecanismos la activan. No se trata sólo de recordar, sino de preguntarnos por qué se jerarquizan ciertos recuerdos sobre otros y qué sistema de legitimación opera en esa jerarquía colectiva, que posteriormente se llamará Historia.

Apure, 1988. El gobierno nacional informa que el Comando Específico José Antonio Páez (Cejap) llevó a cabo la operación Águila III, en contra de un presunto grupo de guerrilleros colombianos que operaban en la frontera entre ambas naciones y cuyo objetivo era bombardear el campo petrolero de Guapitas. Operación militar perfecta, de no haber sido porque dicha “Masacre de El Amparo” (como terminó pasando a los anaqueles de la vergonzosa historia venezolana), dejó a dos sobrevivientes, quienes aún hoy siguen afirmando una verdad de perogrullo: los 14 tripulantes de la embarcación no eran sino unos pescadores de la zona, quienes fueron contratados para dirigirse específicamente al caño La Colorada, donde la pesca era buena y así garantizarse una paga decente. Su único delito quizá, más allá de las botellas de ron, fue creer en la buena voluntad del contratista, aliado del poder y quien terminó intentando expiar las culpas a punta de casas y sobres con billetes –igual que el gobierno.

Sobre esta masacre trata la ópera prima de Rober Calzadilla, escrita por Karin Valecillos, adaptando su propia obra teatral. Sin embargo, el tratamiento dramático, estético e ideológico de Calzadilla no se enfoca en la dicotomía clásica de presentar víctimas y victimarios para apuntar dedos acusatorios.

El Amparo trata más bien, de cómo una serie de pobladores –los del referido pueblo– asimilan y aceptan los hechos y sus versiones. El filme pone a sus personajes, a accionar –conscientemente o no– las diversas acepciones del verbo amparar: favorecer, proteger, valerse del apoyo o protección de alguien o algo, defenderse, guarecerse.

Los pobladores, los dos sobrevivientes, el comisario de la paupérrima estación de policía, el contratista y dueño del pueblo, los militares, la prensa, la fiscalía, diputados y, por sobre todo, las mujeres, pasan los días flotando entre protegerse –y proteger sus intereses– y para ello establecer alianzas no siempre moralmente aceptables. O la opción de defenderse, guarecerse, con la única arma y trinchera de la obstinada verdad de su afirmación: somos pescadores, somos pescadores; no son guerrilleros, no son guerrilleros.

En este ampararse constante transcurre la narración del filme. Una narración donde no pasa nada más, donde el conflicto es mínimo, porque el interés por el hecho que lo suscita llega tarde, a destiempo, incomprensible para estos sujetos olvidados de dios, lamentablemente no del poder.

Pero ese no pasar nada del filme se refleja la manera en cómo hemos construido nuestra memoria, las lógicas que operan para jerarquizar lo que debe ser nombrado y lo que no.  A nadie parece importarle mucho nada. Cada quien se va agenciando su amparo como puede. Y nada se juzga como heroicidad o renuncia. No hay lealtades o traiciones. Tampoco hay responsables.

Cuando no hay responsabilidad sobre nuestras acciones, se evita caer en el concepto cristiano de la culpa, que pide sacrificios, inmolaciones y venganzas, pero jamás justicia. Pero también, como consecuencia directa, nos libra de toda inocencia. No ser conscientes de bajo qué sombra nos amparamos, no nos exime de la postura tomada, del dolor causado, de la indiferencia que pasará como norma al texto escolar y los anales de la Historia.

No se puede vivir en un amparo eterno. Ni en lo personal, ni en lo social. Y el cine es uno de los mecanismos más influyentes en la construcción de memoria: jerarquiza temas, personas, hechos y lugares; y también invisibiliza, construye silencios, zonas de oscuridad. Definitivamente, la cámara no sirve como amparo, pero sí como aparato que naturaliza y legitima lo es posible de ser visto y narrado.

En este sentido, El Amparo se hermana con las últimas producciones venezolanas de éxito en festivales internacionales, que atestiguan – (in)conscientemente y al amparo de la libertad creativa– la imposibilidad de nombrar y representar la Venezuela actual. En ese sentido, son hijas y deudoras de un momento histórico, que ya veremos cómo lo juzgará la historia.

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